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"El
capocómico que admiraba a Olmedo"
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Esta
novela debe ser la número veintitrés, o por
ahí, de esta serie con el detective Fabio Sa.
Se trata de una novela que su autor califica
con un adjetivo y sustantivo argentino: atorrante.
Como para renombrar un género y llamarlo el
policial atorrante . Es decir, un policial como
parodia, con humor —a veces negro— que describe
realidades, a veces duras, sin perder por lo
menos cierta mínima sonrisa.
El libro tiene personajes marginales. Vicky,
la novia del detective, tiene un negocio de
ropa usada. Su secretaria, Myrna, es una travesti
de esas que suelen estar mejor que la mayoría
de las mujeres. Culo más firme por lo menos.
Y se empeña en su trabajo de secretaria quizá
con mayor eficacia que una mujer común, posiblemente
para superar su marginalidad. Considerando la
oportunidad que le ha dado el detective de salir
de la realidad de gente como ella que prácticamente
no pueden casi salir de la prostitución. Myrna
es sufrida y bastante inteligente, con cierto
humor. Al detective Fabio Sa en general le gustan
los marginales como ella, y lo viene acompañando
desde hace varios casos. Salvo cierta vez, en
que sucedió un episodio algo extraño entre ellos,
sus relaciones son meramente laborales.
El detective Fabio Sa tiene otras aventuras
con otras mujeres en varios de los libros que
protagoniza —putas o no—, pero en general siempre
vuelve a Vicky. Mujer que lo acompaña desde
la primera novela de la serie, allá por el año
1995.
En la serie aparecen otros personajes en historias
paralelas. Por ejemplo Fabián Sáez, alter ego
del autor. Sáez escribe cuentos y lee tres de
esos cuentos junto al detective, a lo largo
de tres capítulos de este libro, que se basan
en sus experiencias como estudiante de bibliotecología.
No le había gustado esa carrera como estaba
dada en cierto barrio aristocrático, donde notó
bastante desprecio por el pensamiento y la cultura.
En esos cuentos aparecen como inspiradores narradores
famosos: Jorge Luis Borges, Franz Kafka y Charles
Bukowski...
Todos estos personajes principales se repiten
en toda la serie con el detective Fabio Sa,
sobre todo su mujer Vicky y su secretaria Myrna.
En "El capocómico que admiraba a Olmedo" una
muerte real fue inspiradora para un libro de
ficción. La vida del humorista Alberto Olmedo,
humorista real, como el detonante para imaginar
una vida parecida pero diferente: la de Roberto
Salcedo. Salcedo se cae de un noveno piso, drogado
y feliz porque estaba por protagonizar su primer
papel serio en cine. Papel que le había propuesto
un famoso escritor que estaba exiliado: Romualdo
Montano.
Este Montano tiene un leve parecido con el narrador
Osvaldo Soriano, como el mismo Olmedo convertido
en un Salcedo de ficción, Montano podría ser
un Soriano de ficción.
Un periodista no del todo honesto y de vida
oscura, que se apellida Reyes, le encarga la
investigación al detective. Fabio Sa acepta
el caso, después de investigar un poco a Reyes
y de considerar —o eso esperar y porque necesita
el trabajo— que sus corruptelas no sean demasiado
graves.
Antes de hacer una serie de entrevistas Sa estudia
la vida de Salcedo y organiza la investigación.
Lee algunos libros, notas varias, escritos diversos
de diarios, revistas, de internet. Hace notas
sobre su vida. Lo estudia. Todo el material
como siempre se lo consigue con cierta eficacia
su secretaria atípica Myrna. Durante la investigación
Sa además mira algunos videos donde se grabaron
varios programas de televisión de Salcedo.
Estos videos del trabajo de Salcedo son otra
parte fundamental del libro. Salcedo parece
muy inspirado en Olmedo en su trabajo. Pero
en realidad es algo más intelectual en sus actuaciones.
Sa se ríe bastante con su humor. A veces no
tanto cuando percibe que está un poco comprometido
con realidades miserables del país.
Fabio Sa hace toda una serie de entrevistas.
Breves, parece buscar solo lo justo que le puedan
decir que no se haya escrito en otros lados.
Charla con su guionista, el director de sus
programas, el escritor exiliado, un camarógrafo,
un vecino que lo conoce desde siempre, una actriz
rubia y otra morocha que además de trabajar
con él fueron sus mujeres.
Salcedo no tiene la misma vida que Olmedo. Nunca
se casó ni tuvo hijos, solo amigos del trabajo
y sus mujeres.
En determinado punto de su investigación Sa
sospecha de las mujeres de Salcedo. Le encarga
a un colaborador que contacta por teléfono que
las vigile. Dicho colaborador trabaja con otro
de sus colaboradores: un periodista honesto,
para otras investigaciones. Sa además a veces
llama a otro periodista, que es bastante corrupto.
Además a veces trabajan con un policía que busca
depurar su institución, y con otro que más bien
hace delitos dentro de tal institución. En uno
de los pasajes de la novela se queja de no estar
ni con Dios ni con el Diablo. Y que eso lo puede
condenar.
Luego de algunos malos recuerdos sobre sus viajes
por Buenos Aires —ciudad que quiere y que desprecia—,
de algunas noches con insomnio, Sa tiene cierta
sospecha sobre lo que pudo haber pasado con
la muerte de Salcedo. Y finalmente se lo confirma
un informante que se contactó con su colaborador
telefónicamente contratado para el caso.
A todo esto Sa tiene varios síntomas psicosomáticos.
Se le infecta un lunar. Se lo tiene que sacar.
Reniega de los médicos. Sufre su gastritis de
siempre. Sufre por una muela del juicio que
no lo deja dormir. Va a una dentista que lo
sorprende por joven y linda. Cosa que no le
impide renegar también de los dentistas. En
este caso una dentista... Todos en realidad
son síntomas que tuvo el mismo autor mientras
escribía esta novela, y los aprovechó para compartirlo
con su personaje y hacerlos ficción.
Sa finalmente descubre qué pasó con la muerte
de Salcedo. Su colaborador se lo confirma, el
que trabaja además con el periodista honesto.
Prácticamente resuelve el caso por teléfono.
El clima es de parodia, por momentos algo confuso,
y no es para tomar demasiado en serio. Todo
exagera la parodia y quizá malogra un poco el
libro —si se debe hacer una autocrítica—; asunto
que se trató de resolver mejor en una segunda
escritura breve, agregando algunos pasajes.
El humorista parece haber tenido una muerte
tragicómica, como su mismo estilo en hacer humor.
El detective Sa finalmente mira otro de los
videos de Salcedo, con otra de sus actuaciones.
El clima no parece nada trágico, al contrario.
El humorista lo hace reír otra vez. Como si
la muerte no lo hubiera rozado.
Otro humorista ha opinado —si la memoria no
falla—: Los gobiernos pasan, pero los artistas
quedan. Algo así parece ver el detective Fabio
Sa riéndose por su talento subido de tono. Se
ríe como si acabara de verlo, como si estuviera
vivo.
En esta novela hay una muerte, pero su clima
en general no es trágico. Tampoco hay tiros
ni peleas o explosiones como en los policiales
pesados. El detective en general, pese a que
también es algo libertino, es un tipo racional
que resuelve sus casos —o fracasa para resolverlos
como le ha pasado en varios libros— con el pensamiento.
El detective de hecho es poeta. Ha escrito varios
libros de poesía. En la ficción algunos lo reconocen
por sus escritos. Esos libros quizá se editen
—o no— como libros aparte firmados por él como
un personaje de ficción, desde la vida de un
autor real —en este caso el de este libro: Fernando
Sánchez—. En un capítulo de este libro Sa intenta
escribir un poema inspirado en sus caminatas
por Buenos Aires, sus zonas oscuras y claras.
El proyecto de esta serie de novelas policiales
—algunas más serias, otras más paródicas como
esta—, es el de unirlas con libros de otros
géneros: los poemas del detective, los cuentos
de Fabian Saez (y algunas novelas donde es protagonista
—no son policiales—; y las historias de otros
personajes que aparecen a veces como pantallazos
breves en la serie del detective: por ejemplo
Francisco Sapetti, un amigo de Sa, protagonista
de otras dos novelas no policiales de esta serie.
Todo esto haría —según parece ser este proyecto
que quizá se haga o quizá no— libros de varios
géneros a leer como si fueran un solo libro.
Un libro junto a otros libros de miles de páginas
formado por novelas —algunas policiales, otras
no—, cuentos y poemas. Ahora que lo piensa un
poco, el autor de todo esto descubre que sería
buena idea además unir a esto un guión de cine
y uno o dos libros de ensayos o notas dispersas.
Uno de esos ensayos dedicado a la novela policial
y a diversos comentarios de libros de varios
autores.
Todo forma parte del proyecto inédito de Fernando
Sánchez, pero ya difundido entre algunos de
sus conocidos.
Volviendo a esta novela, "El capocómico que
admiraba a Olmedo", la número 22 o 23 de la
serie, su estilo es visual como le gusta a Sánchez.
Se leen los diversos capítulos y se los mira
como en una película. Escrito con descripciones
y diálogos, con pensamientos como voces en off
que siguen a la acción. Sánchez busca no escribir
para esto palabras de más ni de menos, en un
estilo minimalista que tanto aprendió de un
escritor como Raymond Carver. Y que le gusta,
desde ya.
En general reniega de la falta de diálogos y
descripciones de los libros de autores argentinos,
que en general son demasiado enunciativos. Estilo
que le parece hasta cierto punto facilista o
fallido. Cuentan por ejemplo: "Juan hizo un
viaje" Y poco o nada más. En vez de tomarse
el trabajo de contar con diálogos y descripciones
todo lo que Juan vió, habló y vivió en ese viaje.
Este estilo visual Sánchez lo aprendió de varios
autores de policiales o no. Por ejemplo el mencionado
Carver, o en los policiales de David Goodis.
Otro de los que llama sus maestros.
Otro tema preocupante para Sánchez es el de
lo que se suele llamar "obscenidad". Si la hay
o no en ciertas descripciones o en algunas palabras
subidas de tono o detalles que podrían evitarse.
Para Sánchez no existen las "malas palabras".
Como le oyó decir al Premio Nobel José Saramago:
esas palabras son en todo caso las que mienten.
Suelen ser a veces muy finas y amables.
Para Sánchez además la obscenidad no está en
el sexo sino en la realidad general. Por ejemplo
en barrios como San Isidro, donde se ven algunas
mansiones al lado de villas miseria.
Sánchez supone que no se equivoca si afirma
que alguna vez leyó palabras que le atribuían
a Nietzsche, que más o menos afirmaban algo
así: "La moral es un interés particular disfrazado
de valor universal".
Supone que si fuera Premio Nobel como lo fue
recientemente una escritora, y si escribiera
hasta una novela que podría considerarse porno
—como tal escritora— no se molestarían tanto
por sus escritos en la posible o falta de obscenidad
Y más con la plata que da el Nobel. La palabra
entonces le resulta más una cuestión de status
y de dinero que de moral.
Sus libros tienen palabras subidas de tono.
Escenas amorosas más o menos explícitas. En
"El capocómico que admiraba a Olmedo", todo
esto es más discreto. Es más, su autor se ha
esforzado para eso. Lo que no impide que en
algunos párrafos no hayan surgido cercanías
a esos prejuicios que le resultan castradores.
Alguna palabra quizá fuerte, alguna escena solitaria
del detective, maldiciones diversas, algún tono
algo fuerte, alguna intimidad sugerida, pero
que por ahí estalla con una palabra demasiada
obvia —por ejemplo semen—.
Si Fernando Sánchez tuviera que nombrar a sus
autores predilectos, con quienes quisiera estar
—sino es demasiado pedir— como en su familia
literaria (desde ya tiene más cosas en común
con ese tipo de familias que con otras), y en
el estilo que ha aprendido para escribir un
libro como este y tantos, no podría dejar de
nombrar a varios autores, sean de policiales
o no. Como los mencionados Charles Bukowski
y Raymond Carver, en el llamado realismo sucio
norteamericano. Además los policiales de Ed
MacBain, del ya nombrado David Goodis, de Jim
Thomson y sus psicópatas. El Humor de Woody
Allen en cine y en sus libros. Los imprescindibles
del policial: Raymond Chandler, Dashiell Hammett,
el negro Chester Himes, Ross Macdonald. Entre
los argentinos Antonio Dal Masetto, Osvaldo
Soriano, Juan Martini, Juan Sasturain, el obsceno
y elemental Enrique Medina.
El detective Fabio Sa surgió gracias a sus lecturas
del Henry Chinaski de Bukowski y el Pepe Carvalho
de Manuel Vázquez Montalbán. Otros atorrantes
que lo inspiraron son Henry Miller y Jack Kerouac.
Sánchez supone que de todas estas lecturas e
influencias intenta un estilo propio, dentro
de las malarias y desesperaciones argentinas
que lo suelen atrapar. "El capocómico que admiraba
a Olmedo" fue presentado al concurso del diario
Clarín en el 2004 con otro título, "El capocomico
Salcedo". Novela ahora corregida, con pocos
agregados y un cambio de título. Por supuesto
su libro fue ignorado como le pasó tantas veces
y como supone corresponde —sino no podría reconocerse,
como un chiste: "pierdo siempre que cuando gano
no me reconozco"— Ni se ha molestado en retirar
las copias, y al mejor estilo Inquisición ha
pensado: "Que los quemen".
Esta versión estaba guardada en un diskette
original, de donde habían partido las copias
renegadas para el concurso de Clarín.
Volviendo a la novela "El capocómico que admiraba
a Olmedo", como se ha dicho Fabian Saez es un
alter ego del autor. El detective es un tipo-
personaje- atorrante, que en general hace todo
lo que su autor no se atreve hacer en la vida
real. Sánchez en general se reconoce como un
burgués interesado en los mundos marginales,
más como inspiradores que como compañeros de
ruta, y utilizando en gran parte sus propias
tendencias marginales o automarginadas. Fabian
saez es el que más se acerca, sin dejar de ser
ficción, a la vida real de Sánchez. Desocupado,
estudiante crónico, escritor de cuentos y otros
escritos. El autor pensó varias veces en usar
ese nombre como seudónimo, y finalmente se ha
decidido por usar su nombre real.
Vicky, volvemos a ella, es otra de las mayores
habitantes de las novelas del detective Fabio
Sa. Está viva en toda la serie, acompañando
al detective, más allá de alguna que otra pelea
como suelen tener las parejas. Vicky tiene un
negocio de ropa usada, modesto, que ha comprado
apenas pudo huir de su primer oficio. Ese oficio
lo nombran más finamente en los países desarrollados
o más serios: trabajadora sexual. Pero en países
como la Argentina ese tipo de oficios no tienen
mucho futuro. Por lo tanto abandonó esa carrera
—lo pudo hacer— y se puso un negocio con la
plata ahorrada y la colaboración del detective.
Sa la ayudó a organizar su pequeño comercio.
De todas formas la antigua profesión de Vicky
se nombra poco y nada, apenas en dos o menos
novelas de toda la serie. En "El capocómico
que admiraba a Omedo", Vicky está de nuevo dándole
algo de aire fresco al detective. Ella parece
ser alguien que el detective quiere bastante
—Vicky está algo inspirada también en la mujer
del Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán, si hay
que rastrear influencias—. En Vicky el detective
parece recuperar cierta paz y normalidad que
lo sacan de la locura y de los conflictos que
suele tener en su trabajo, en sus investigaciones
y en la realidad en general.
"El capocómico que admiraba a Olmedo", para
Sánchez no pasa de ser un policial que renombra
como atorrante, y que como tal es solo un estilo
más. Uno de tantos. Con más o menos hallazgos,
más o menos escenas fallidas, más o menos menores.
Siempre opina que los autores que llama así
—los atorrantes— son los mejores. Pero es sólo
una cuestión de gusto personal. Como un rock
de los Rolling Stones. Seguramente hay miles
de músicos mejores que ellos, pero ninguno de
ellos tienen lo que movilizan los Stones. Lo
mismo para saez con los autores atorrantes.
Deben haber miles de libros mejores que los
de bukowski, seguro, pero no recurre ni vuelve
tanto a ellos como con bukowski.
"El capocomico que admiraba a Olmedo", como
novela atorrante protagonizada principalmente,
o como personajes secundarios, por marginales,
pero que esencialmente mantienen cierta dignidad
o la buscan cuando la perdieron o se la robaron
indecentes varios, le ha traido en general varios
conflictos al autor de estos libros. Especialmente
con el freudiano superyo, tan preocupado por
principios morales, en general o a veces bastante
falsos. Ya se ha dicho que sanchez es en general
bastante burgues, con todas las miserias de
los burgueses, pero siempre interesado en otras
gentes que espera mejores. Ha escuchado un consejo
atinado para aplacar al supoeryo y algunas de
sus farsas. Mandarlo por ejemplo habitualmente
al carajo —perdonando la palabra—. ha sido uno
de sus recursdos utilizados, para ser algo mas
feliz en la desgracia y la farsa general de
los burgueses, valga el redundeo... Y con tales
esfuerzos, esta novela "El capocomico que admirabaa
Olmedo", es el resultado de esa busqueda de
felicidad de una realidad general que —de eso—
tiene poco y nada...
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Acerca
del autor: Fernando Sánchez
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Fernando
Sánchez nació en Buenos Aires en octubre de
1959. Estudió periodismo, terminó tarde el secundario.
Estudiante crónico actualmente —año 2005— estudia
Edición en la Universidad de Buenos Aires —UBA—.
Piensa además seguir Letras —"si da el cuero",
cuenta—.
Es admirador de los narradores que califica
en buenos sentidos como "atorrantes". Estos
autores son Charles Bukowski, Raymond Carver,
Henry Miller, Jack Kerouac. Y entre los argentinos
Antonio Dal Masetto, Osvaldo Soriano, Roberto
Fontanarrosa. Además ha leído bastante a los
autores inevitables de policiales: Raymond Chandler,
Dashiell Hammett, Ross Macdonald, David Goodis,
James Ellroy, Chester Himes, Jim Thompson...Y
otros tantos...
De todos ellos aprendió a escribir novelas o
eso intenta. Vocación que tiene desde el año
1979, cuando produjo sus primeros textos, que
actualmente no podría ni leer y menos editar
por pésimos.
Pero insistió.
En su infancia no leyó nada o casi. Prefería
ver televisión. La vocación de lector le llegó
a los 19 años o poco menos. Descubrió a Ernesto
Sábato, a Fedor Dostoievski, a Roberto Arlt.
A unos cuantos más, prestigiosos o no. Se pasaba
tardes enteras leyendo, como quien huye del
secundario que no pudo terminar. Era un colegio
comercial para perito mercantil. Oficio que
detesta como la matemática o la contabilidad.
Años después empezó a tener trabajos dispersos
(y malos). Trabajó en inmobiliarias, como vendedor
de libros, como corredor de una editorial, como
telemarketer, entre otros. Como el casi hobby
de extra de cine y televisión.
Todos trabajos que, excusándose por el término,
llama " de mierda". Pero de los que admite un
gran contenido para todo escritor. Para conocer
las miserias de la calle, de la ciudad, para
tener un poco de experiencia que bien puede
ser y es material para escribir.
Buscándose en algún lugar como en una familia
literaria, no se reconoce al lado de escritores
como Jorge Luis Borges, al que reconoce un maestro
en su obra y no tanto por sus opiniones. Sánchez
se ve más con un Roberto Arlt, con un Bukowski,
con un Dal Masetto, con un Kerouac, con un Enrique
Medina, de todos esos tipos que escriben desde
las calles más que encerrados en bibliotecas,
desde la realidad, no sólo desde los libros.
Descubrió tardíamente a la novela policial,
a toda esa serie de autores. Y a otros como
el español Manuel Vázquez Montalbán o Andreu
Martin. Algunos otros argentinos como Juan Martini
o Juan Sasturain. Tantos más...
Se ha inspirado en el Chinaski de Bukoswki y
el Pepe Carvalho de Vázquez Montalbás para crear
a su detective Fabio Sa.
Fabio Sa es un detective que protagoniza más
de veinte novelas. Todas policiales. Algunos
humorísticos, otros más serios. El primero de
los policiales de esta serie fue escrito alrededor
del año 1994. Desde entonces su producción no
ha parado en uno o dos —en algún año delirante
tres—libros por año. Prolífico y desparejo como
le gusta.
Mientras Sánchez tuvo sus trabajos que llama
"miserables", escribió esta serie de novelas,
que fueron su refugio. Refugios entre la desesperación,
la locura propia y de la realidad, las neurosis,
las psicosis de todos lados o como se quiera
llamar. A riesgos de ser melodramáticos, utiliza
seguido una palabra un tanto fuerte. Refugios
contra el "infierno".
Para Sánchez es evidente que el policial es
el mejor medio para reflejar el clima de corrupción
y violencia que padece toda gran ciudad. No
es ninguna novedad, por supuesto. Lo han pensado
y escrito ya todos los críticos y todos los
escritores que hubieron y hay.
Ha utilizado a ese genero para crear una especie
de mundo paralelo, donde trata de entender —y
sin lograrlo gran cosa— el mundo real.
En la novela "El capocómico que admiraba a Olmedo"
usa además el recurso del humor y la parodia.
A partir de datos reales de la biografía del
humorista argentino Alberto Olmedo, creó un
personaje de vida ficticia —Roberto Salcedo—
a manera de homenaje.
El personaje de Olmedo retoma una serie de novelas
donde trata de hacer ficción (inspirarse en
vidas reales para la imaginación), desde diversa
gente que considera como típicas o emblemáticas
de un país como Argentina. En este caso Alberto
Olmedo, del lado del humor. En otros libros
fueron Tita Merello en su parte tanguera. Otro
humorista como Alfredo Casero —en homenaje además
a todos los humoristas que tienden a ser obesos,
un poco gordos o por lo menos con sobrepeso:
como Enrique Pinti, Tato Bores, Antonio Gasalla.
Actualmente escribe otro libro donde hace ficción
desde la vida de Enrique Santos Discépolo, otra
novela tanguera.
Sánchez en la novela "El capocómico que admiraba
a Olmedo", le da especial importancia a las
dedicatorias de estos libros. Como en este caso.
Dedicada al humorista Alberto Olmedo en cuya
vida real se basa esta novela de ficción.
Así como lo hizo con Olmedo y otros, el recurso
lo utiliza en otros casos. Además con otros
planes. Algún día espera hacer algo semejante
en otras novelas con la vida del rockero Lou
Reed, del escritor Roberto Arlt. En otra de
esta serie de novelas, el personaje inspirador
fue el escritor norteamericano Jack Kerouac.
Fernando Sánchez ha publicado poco y nada. Sólo
unos pocos textos —cuento, poesía, notas, comentarios
de libros— en medios barriales. Dos de sus cuentos
—esta vez dentro de lo poco que ha escrito en
ciencia ficción o literatura fantástica— están
publicados en una página web, cuya dirección
actual es www.literareafantastica.com.ar.
Después de años de dedicarse exclusivamente
a escribir, casi sin hacer otra cosa —en la
legión de desocupados que ya ni se molestan
en ver los clasificados—, para colmo cuando
alguna gente considera que escribir no es un
trabajo, todo esto ha incrementado la fama de
vagoneta de Sánchez. Quien se ha puesto a estudiar
para buscar una salida a lo que define con repetida
palabra: el infierno argentino.
Dos de sus novelas se encuentran en una editorial,
por el momento sin posibilidades de editarse
—cuestan demasiado para autoeditarse, cuando
a veces no editan ni a los famosos— y se ha
presentado en varios concursos literarios. De
la editorial Planeta, del diario Clarín, del
diario La Nación, del diario Página/12, de la
Fundación Antorchas, de la editorial Tusquest,
y ha pensado: "Nunca dieron pelota y en algunos
casos suelen ganar los más famosos".
Fernando Sánchez ha escrito otras novelas y
cuentos y libros de poemas, además de los policiales.
Varios libros que piensa unir adjudicándolos
a sus personajes de ficción. Los poemas de Fabio
Sa, los cuentos de Fabian Saez y otros escritos,
etc, como si fueran un solo libro en varios
géneros.
Otros personajes de sus libros son: el alter
ego y mencionado Fabián Saez, que aparece en
esta novela escribiendo y leyendo algunos cuentos.
Otro es Francisco Sapetti, un poeta oficinista,
cuyo inspirador es Charles Bukowski. Algo así
como un Bukowski de clase media. Sapetti es
el protagonista de la primera novela de Sánchez,
terminada en el año 1990, después de terminar
su curso de periodismo. Estuvo demasiado tiempo
sin poder terminar un libro, y tal curso le
vino bien por lo menos para destrabarse, y no
tanto para dedicarse al periodismo. Oficio demasiado
tenso que seguido no soportaba gran cosa su
gastritis.
Luego de años de hacer terapia, de emborracharse,
de tener malos trabajos, de dejar los estudios,
de escribir decenas de libros de diversos géneros
—novela, cuento, poemas, ensayo, un guión de
cine—, y de fracasar en varios concursos y editoriales,
se decidió al fin a publicar su primera novela
que en realidad es una de las últimas en ser
escritas...
La idea de la editorial Deauno, le parece a
este autor original. Publicar los libros por
unidad, hacerles una página web, son una de
las pocas posibilidades de publicar. Viendo
la escasa o nula oportunidad que dan las editoriales
y los concursos en general para los autores
nuevos. Además como idea lograda para evitar
los saldos, cuando se hacen ediciones de más
para dormir en depósitos o librerías de ofertas....
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