Terminé de escribir Ultimo Invierno en Itaca
en 2003. Ahí nomás, a los pocos días de haber
revisado el primer manuscrito comencé a corregir
una prueba. El trabajo me llevó seis meses pero,
de aquel original de seiscientas mil palabras,
resulto una novela de unas trescientas mil,
aproximadamente. La versión que presento es
el resultado de una tercer revisión, corregida
por mí.
Mi primera opción y deseo era poner el original
revisado en manos de un agente literario argentino.
En este punto debo aclarar que tal cosa no existe
en nuestro país. Por lo menos en el sentido
romántico literario con el que se los identifica
tanto en películas como en la literatura anglosajona.
Los que se auto nombran de esa manera y aparecen
en algunos listados del Google, son miserables
cagatintas que, o pertenecieron a la planta
estable de una editorial multinacional, o simples
rótulos que ocultan fines o propósitos incognoscibles.
Las editoriales iberoamericanas, que deberían
nutrirse de las letras y vivencias de los hombres
y mujeres que les compran el producto y son
a quien deberían representar, están obsesivamente
abrumadas publicando traducciones de éxitos
mundiales. El espacio que queda en el fondo
del baúl, esta ocupado por los reconocidos escritores
latinos que lograron saltar la valla. En todo
caso, causas, motivos, oportunidad y meritos,
no vienen al caso.
No pertenezco a ningún cenáculo literario. No
formo parte de ninguna corte de aduladores.
No soy familiar o amigo de algún ejecutivo editorial,
por lo tanto no he sido editado nunca en papel.
He debido conformarme con dar mis cosas a amigos
que, a la postre, forzaron la decisión de publicar
esta novela valiéndome de este soberbio medio
de comunicación. Aquí estoy entonces, dejando
mi novela, escrita en castellano-argentino,
a tu consideración.
Agradezco a cada uno de los que me impulsaron.
A Matías, mí hijo, que transformó en posible
esta pagina. A Marta, mí mujer, por ser mi primera
lectora, correctora y critica. A cada uno de
ellos mi amor eterno.
Espero que disfruten la historia
del Doctor, Elsa, Zaralegui, Benedicto, el Sr.
Ferro y todos los otros.
Un
par de consideraciones finales: La entrega será
de un capitulo o dos cada diez días, aproximadamente.
Al final de cada entrega, hallaras un área para
comentarios que espero utilices.
El ingreso a este sitio www.ultimoinvierno.tk
es absolutamente gratuito.
Los hechos, personajes y situaciones de esta novela,
son imaginarios. Ningún individuo o institución
señalada se corresponde con la realidad y pertenecen
en un todo al contexto de la presente obra
literaria. Si existiere alguna correspondencia
entre hechos, personajes y/o personas vivas
o muertas, es solo coincidencia.
La presente obra literaria
se halla protegida internacionalmente y ha sido
inscripta en Argentina bajo el expediente N°
266262 en la DIRECCIÓN NACIONAL DEL DERECHO
DE AUTOR
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Debido a un delicado rasgo de su personalidad,
Benedicto de Médicis prefirió esperarme a una
cuadra del tugurio. Lejos de la cama donde se
moría la mujer por la que nos encontrábamos
cada tres tardes. Benedicto y la sífilis de
su compañera eran una buena razón para escapar
hacia el bar El Crucero, en la esquina de La
Pampa y Constituyentes. Ahí adentro, protegido
de la indecencia del sol de las tres de la tarde,
esperaba mi amigo. Sentado a la mesa central
del apocado salón de piso ajedrezado, dejándose
golpear la espalda por las sombras violetas
de los tilos, cafetos y paraísos, plantados
alrededor del bodegón con el criterio selectivo
de un loco pelotudo. Benedicto esta solo, encorvado
y llovido de nariz sobre la tabla cerosa de
la mesa. En ese bar, como en la letra de algunos
tangos, los hombres exudaban ciertas miserias
de vino que se iban quedando pegadas a las baldosas
percudidas del piso. Un vapor de tiempo digamos,
que no lograba escaparse por la puerta. Una
pelusa fosforescente que se le acercaba a Benedicto
por detrás, lo rodeaba y le sacaba brillo a
la pelada. A último momento había decidido trasladar
a la mujer enferma lejos de su kilombo de Avellaneda
y en perpetua actitud vigilante, dejaba llegar
las horas en ese sitio aplanado, crepitante
y amargo; Su zona atálgica.
El sol barre horizontal el ámbito secreto del
bodegón con un dorado de otoño. Azula las sombras
y crea una zona fresca de penumbras sobre las
cabezas. Una chatura de columnas decapitadas
y sillas de patas cortas, exagerada por las
tibias de mamboretá de mí amigo. --Se pasa uno
la vida cargando la culpa como un pedazo maldecido
del cuerpo. Y un día, caga fuego. Y a la mierda
la vida, la culpa y la puta madre que nos parió.
Si lo mira bien, es un alivio por que fíjese,
fíjese en este mundo de mierda zarandeándose
de una manera, que uno no se explica como no
se va al carajo de una vez. Y no hay donde esconderse.
Yo que me he considerado toda la vida como un
turro irremediable. Me descubro rodeado de pelotudos
en un callejón sin salida. Sorprendido y apretado
contra la pared. Un desperdicio de inteligencia
y remordimientos.
Benedicto tenia una expresión para disimular
la pena, pero parecía la mueca de un perro rabioso.
Tomó aliento y se zampó el resto de la caña
que aceitaba el culo del vasito mirándome por
primera vez con sus pupilas brillantes y satisfechas.
El licor se filtró por las orillas de la lengua
y él la chasqueó con deleite alargando el regusto
dentro de la boca. Apretó los párpados y le
brotaron dos lagrimas como piedras de las que
pareció brotar el inhumano aroma del café recién
molido. Después, con la languidez de un monarca
en el exilio, dejó el vaso en la mesa y se sonó
ruidosamente la nariz.
Escucharlo a Benedicto situaba mi mente al pairo
de los pensamientos que me soplaban del Oeste.
El matiz deliciosamente canalla de su voz producía
un desgarro en la tela de mierda consistente
que tejía mí cerebro. Por un rato, prefería
flotar en el caldo coagulado de su mente. Sin
embargo, la voz de Elsa hendía los ojos de aceite
de ese océano de desencanto con su lustrosa
aleta. ¿Su voz?. No. El ámbito brumoso de la
habitación del hotelito. La lluvia arrastrándose
sobre el cristal de la ventana como una babosa.
La curva de su hombro cubierta de pelusa que
parecía despegarse de su piel iridiscente. Mis
ojos están ahí también, intentando capturar
el instante que se desvanece antes de consolidar.
Elsa se hallaba sobre mí. Penetrada profundamente.
La rodaja tiesa del pezón entre mis labios.
Meciendo el torso en ondas que tragan. Su pelvis
palpitando al golpe de la sangre que le inflamaba
los labios de la concha. De golpe se endereza.
Adelanta la cabeza como un insecto e intenta
dejar de retorcerse. Ahí están sus ojos como
dos pozos, su boca hormigueando saliva brillante
sobre la mía, la rumorosa afonía de su voz;
--¿Y si lo liquidas? --. Me dice a mí, que apenas
era mis manos y mí poronga. --¿Y si lo liquidas?
--. Le pregunta al pedazo vació en mi cerebro.
Un hueco que yo estaba llenado con las indelebles
impresiones que me provocaba su carne. La frase
me despabiló como un martillazo. Elsa detuvo
el meneo y acercó la boca hasta rozar mis labios
con el vaho azafranado y tibio de su aliento
-No te asustés, no fue nada--. Selló con un
quejido. Después se incorporó como desperezándose
y reinicio el movimiento de ondas concéntricas
en cuyo eje pivotaba mi verga. Su delicioso
culo continuó chasqueando rítmicamente sobre
mis piernas. El tajo de su concha, era un ano,
y una boca apretando, lamiendo, succionando,
destilando glóbulos de magma ácido sobre mi
pene. Yo era chico cuando la soñé caminando
hacia mí desde el fondo de la calle. Elsa era
la matriz de un sueño universal que uno siempre
amputa para que no duela. Elsa era la remota
posibilidad de abolir la soledad. Estaba ahí
conmigo, en el momento justo, y por eso la amaba
como un caballo. Por eso la cogía cada vez como
si fuera la última. Por eso al principio no
le daba mucha bola a las palabras. Siempre desconfié
de las palabras. Debo haberle amasado las tetas
mientras acabábamos, o mordido el cuello, o
comido un pedazo de ella. Comerla, chuparle
sus glóbulos de sangre y flujo deshilado. Comerla
a Elsa. Cogíamos con hambre de carne que duele
de jugosa. Algo brillaba en la punta de su lengua
como una lagrima de saliva mientras se le secaba
el primer orgasmo en el paladar.
Zaralegui también estaba allí, pegado a los
dos. Presente como un planeta deducido por la
desaparición de la luz. A nuestro lado, mirando
como mi berga jabonosa iba y venia dentro de
su esposa. Zaralegui y su bigotito fino y su
ajada camisa celeste. Con su cinto charolado,
tan charolado y lustroso como la fornitura de
la que pendía la cartuchera. Su sombra ominosa
observaba con calma alucinada el estallar jugoso
de la concha de su mujer como una rosa martillada
sobre una bigornia.
En aquellos días de anunciación, Benedicto y
yo nos relacionábamos emulando las fases planetarias.
Él respondía y yo contestaba solo cuando nuestros
ciclos propicios nos enfrentaban. Nuestra solidaridad
se reducía al confinamiento en orbitas mas o
menos concomitantes. Su mirada se perdía hacia
el norte, la mía en el sur. En el medio se hallaba
algo parecido a la verdad. Eso daba algún sentido
y utilidad a nuestra amistad, no otra cosa.
Me observaba con la benevolencia que le permitía
un asco que en él poseía dimensiones cósmicas.
En su rostro de caoba clara y contrariando una
primera impresión de impasibilidad, acechaban
los tigres rojos de sus pupilas apresadas entre
dos colgajos de piel arrugada.. Su nariz aguileña
abría sus agujeros desmesurados, estragados
por la cocaína, sobre un bigote fino cuidado
con afán científico. La boca era un tajo por
el que asomaba una fila incompleta de dientes
marrones y soldado a la comisura un 43-70 por
la mitad. Benedicto.
Benedicto Giovanni de Santis nació con los ojos
abiertos como el Buda, e inmediatamente fue
desechado en la palangana por la matrona que
provocaba el parto o el aborto según le fuera
recomendado, junto con los restos de la placenta
de su madre. Un altro hicco de puta; comentó
su padre, parado a unos pasos de la cama y de
la matrona en cuclillas. Come io, agregó afinando
la idea, mientras observaba el brillo cetáceo
del cuerpito apenas cubierto por el sudario
sanguinolento, y emperrado en vivir con una
avidez de magnitud equivalente a la que desplegaba
su mujer para irse de una puta vez. Frío, añadiría
Benedicto mucho después intentando explicar
el rastro indeleble de su nacimiento. Un frío
en las paletas, aclaraba, que no acaba de irse
nunca. Su padre, un anarquista que terminó siendo
buchón de la policía y murió acribillado una
mañana yendo a comprar el diario, aceptaba la
muerte inevitable de su mujer que escupía sangre
por la vagina como una fuente. Consideraba la
tragedia como una cabriola del destino, incluso
aspiraba el humo de su Avanti escudándose en
una mueca de cínico desdén. Lo inaceptable,
lo que no estaba dispuesto a conceder, era que
ese colgajo supurante que lloraba sin ahogarse
en la palangana, eso que parecía mirarlo a través
del velo de sangre coagulada, pretendiera contrariar
el hedor de muerte que invadía la pieza del
conventillo así nomás, como si nada. ¿Capicci?,
le sugirió a la gruesa comadrona que sudaba
los estertores agónicos de la parturienta. Después...,
contestó sudando la gorda al hombre, desviando
a la vista y sintiendo a un tiempo en las orejas
el imprevisto sacudón de piedad que la llevaría
a entregar la criatura casi muerta de frió y
apenas cubierta por una sabana ensangrentada
a la hermana de la muerta. Su Tía Beata, la
mujer que le puso nombre y le pronosticó futuro
de santo.
En la década del 60 Benedicto se consolidó como
uno de los caralisa más célebre de Villa Luro.
Un proxeneta con escudo y blasones de severa
magnanimidad que custodiaba un serrallo de treinta
mujeres de todo color y legajo. Una noche en
el Dos Monedas de Morón, conoció al Comisario
Inspector Netto. Este, con la mirada ablandada
por las tetas de las mujeres de Benedicto, consintió
cinco minutos de charla superficial e insípida
con ese hombre flaco y serio que lo trataba
de usted y le esquivaba el uniforme. Netto,
al cabo, pareció interesarse vivamente por la
actividad de Benedicto, incluso pagó la ronda
de Whisky que los acercó al mostrador del tugurio.
Desde allí, si se esforzaba lo suficiente Netto
podía oler la mezcla de sobaco y desodorante
que destilaban las yeguas en la improvisada
pista de baile.
Netto, sumando contradicciones a las coincidencias,
se hallaba de manera circunstancial en la Boite.
Un amigo, un camarada, casi lo había obligado
a acompañarlo y Netto, aparentemente, no pudo
despegar de la invitación. Lo fortuito del encuentro
con el Comisario Inspector Netto signaría el
destino de ambos para siempre. Netto, y Benedicto
a su manera, interpretarían cada acto posterior
como un otro aspecto de la fatalidad. Un par
de copas después Benedicto se sintió mas relajado
y confío a Netto las características más penosas
y menos pintorescas de su trabajo. Los cuidados
a los que se obligaba con sus "obreritas". Cuidados
que incluían, entre otras cosas, la protección
del espacio laboral. En otras palabras, se sinceró,
a veces se le hacia cuesta arriba llegar a la
cuota que le exigía la comisaría para dejar
yirar en paz a las chicas. Pero, él consideraba
aquellos contratiempos como parte del oficio,
letanió quejumbroso. No se quejaba sin embargo.
Hacia lo que podía. Benedicto prendió un cigarrillo
en el preciso momento en que Netto le dijo que
podía ayudarlo. No solo conocía al Comisario
de la zona, sino al oficial de calle. Gente
de primera y de su confianza le dijo. Un poco
ambiciosos, pero ese era un ángulo que alguien
podía ajustar. Benedicto se lo agradeció con
una inclinación de cabeza y un convite a catar
la mercadería. La cabeza de Jabalí de Netto
osciló sobre el cuello grueso. Le brillaban
los pómulos recién afeitados cuando se recostó
en el mostrador de formica para ver un poco
mejor de que estaban hablando.
Netto probó la mercadería todos los días durante
un mes y separó una santiagueñita de quince
años a la que Benedicto rebautizó Carla. Carla,
Carlita, ya en confianza le permitía a Netto
enterrarle un garrote de la repartición en el
ano hasta la mitad mas o menos mientras le lamía
la cabeza del choto. Con su mano libre la criatura
se hundía el tubo de goma sólida clavando sus
ojitos cafés en los del policía. Le sonreía,
le agradecía su bondad con lagrimas en los ojos.
Incluso Netto, acababa llorando algunas veces.
Carlita era una piba única y Netto parecía descargado
y feliz. Otro hombre. Su mirada sesgada y lobuna,
como por encanto, se hizo mansa, luminosa, casi
humana. El Comisario Principal Agustín Netto
se enamoró de la jovencita. Es cierto que se
trataba de un amor fronterizo, a la manera de
Netto. Un amor compuesto de tiempos y reglas
inflexibles que Carlita consideraba sagradas.
Un amor constituido por las caricias pesadas
y los caprichos del policía que la muchacha
se apresuraba a satisfacer. Un amor que duró
hasta que Carlita le comunico a Netto que más
o menos en seis meses se convertiría en el feliz
papá de un bastardito morochito y llorón.
Todos en Villa Luro recordarían aquellos días.
Netto se transformó en un demonio hidrófobo.
La repartición, a su influjo, levitó quince
centímetros. Desaparecieron la condescendencia
y los indultos arbitrarios que el policía desde
la llegada de la mujercita a su vida otorgaba
por que sí, porque el día era soleado y la noche
anterior Carlita y la puta madre que la reparió
se había esmerado. Como por arte de magia se
evaporaron del barrio los quinieleros, los expertos
en salideras de banco, los levantadores de autos
y los perros abandonados. Villa Luro por imperio
de aquella noticia, se transformo de la noche
a la mañana en un campo de trabajos forzados.
Los agentes bajo su mando, vivían duros como
palos o temblando como soretes en el viento
mientras Netto patrullaba los patios embaldosados
de la comisaría como un rinoceronte con un palo
clavado en el culo.
Por unos metros, Benedicto consiguió escapar
a Montevideo con su trouppe de obreritas, aunque
no pudo rescatar a Carla de la pensión de la
calle Bravo. Esa última tarde Benedicto permaneció
cinco minutos hablándole sin dejar de mirar
sobre su hombro, pero con poco éxito. La muchacha,
con un idioma construido de pocas palabras y
mínimos gestos, caminó hacia la ventana de la
pieza y mirando hacia la calle apenas iluminada
informó a Benedicto su decisión. Que se fuera
tranquilo, le dijo, ella se iba a arreglar.
Que por nada del mundo se movería de ahí. Benedicto
aplastó el pucho en el piso, la miró por última
vez, sopló desde el fondo de sus pulmones agujereados
e hizo el intento final. Es admisible pensar
que la mala elección de las palabras haya determinado
el futuro, por que Carlita saludó los argumentos
exhibidos por Benedicto mandándolo a la puta
madre que lo parió, más o menos cuando Benedicto
intentó obligarla a reflexionar respecto de
la incompatibilidad que planteaba un hijo en
el desarrollo y futuro de su oficio. O al alabar
las bondades y simplicidad del aborto visto
el desarrollo de la ciencia, o en el momento
en que le recordó los potenciales, pero no por
eso menos numerosos clientes que se perdía.
De las pijas volantes que abandonaba al desierto,
agregó poético, más la consecuente perdida económica
que eso significaba. Ni el acopio de semejante
elocuencia pudo convencerla. Puteó bajo Benedicto,
inspirando las ultimas palabras con bronca y
desencanto, después, cerró la puerta y escapó
del pensionado rumbo al puerto, pegándose a
las paredes que empezaban a desmoronarse sobre
las chapas.
Netto apareció entrada la noche en la pieza
y encontró a Carla recostada en la cama, sencilla
y únicamente cubierta con el flamante camisón
de florcitas celestes que él le regalara. Una
franja de oscuridad tapiaba la mirada de Netto.
Sentado al borde del colchón se desvistió con
parsimonia acomodando las prendas sin un pliegue
de más sobre la silla junto a la cama. Desnudo
se estiró hacia atrás acariciando en el movimiento
las piernitas flacas de Carla.
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