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SUMARIO
DE LAS PAGINAS 1, 2 y 3
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extrañísimo sueño toma la mente
inconciente de Philip Talbot, un joven contador de Islington.
El es Nero, Telwright, J'sin, y muchos otros... Estos
fragmentos de sueños convierten a Philip en los más
inusuales personajes... Debe despejar
su cabeza, afeitarse, refrescarse el rostro con un poco
de agua... Pero el reflejo del espejo muestra el rostro
de un completo extraño... Un brazo quiebra el vidrio
del espejo desde el otro lado, tomando a Philip por
su bata... El Asesino está haciendo
su trabajo... |
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SUMARIO
DE LAS PAGINAS 4 y 5
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La
mano que toma a Philip lo
golpea primero contra el espejo y luego lo
lanza al piso. Mientras se recompone entre
los pedazos rotos, el Asesino emerje en el
cuarto. Philip ruega por su vida a un asesino
que, haciendo oídos sordos a esas plegarias,
finaliza su trabajo de un disparo a la cabeza...
Luego
de esto, el Asesino es sorprendido por un
repentino rayo de luz dorada que surje del
pecho de Philip, disparado hacia la distancia
y uniéndose con otras similares líneas luminosas.
En
segundos el fenómeno desaparece y el Asesino
vuelve a la reallidad, donde con urgencia
Michael trata de contactarlo a través de su
comunicador. Con el trabajo
hecho, el Asesino se evapora de la escena...
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SUMARIO
DE LAS PAGINAS 6 Y 7
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El
Asesino es interrogado por
Michael, su colega. Además de los detalles
de la eliminación, las coordenadas y posición,
el Asesino le explica a Michael que ha detectado
un Trazo, al mencionar el incidente sufrido
con el cuerpo de Philip luego su muerte. Este
trazo indicaría que Londres es más de lo que
aparenta ser. Michael es cuidadoso, al considerar
los riesgos, pero el Asesino está
listo para enfrentar lo que surja en su camino.
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Guion:
Ian Rennie
dibujo: Jotar
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Un
comienzo, en todo el mundo
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Adrian
contempló su obra. El intenso calor trazaba líneas
de sudor manando desde cada poro de su cuerpo, pero era
tan inmenso y sobrecogedor el hechizo de concentración,
que hubiese sido necesario un golpe tremendo para interrumpir
su trabajo. Sin embargo se permitió un descanso
de cinco minutos y bebió una jarra de agua fría
que corría quieta por una canal interior de la
Forja. Allí bebían los caballos,
se enfriaba el acero y numerosas otras cuestiones se solucionaban
con sus aguas, pero a Adrian esto no le importaba. Amaba
a los caballos y su aroma, su tibia y quieta compañía
en noches heladas. El sabor del acero era otra de las
cosas que no le molestaban. Incluso estaba convencido
que el trabajo en contacto permanente con el metal le
otorgaba sus propiedades de alguna forma.
Mientras sorbía unos tragos de
su rústica jarra de madera, sin los lujos de la
cerámica o el vidrio, comenzó a visualizar
su obra en perspectiva hacia el futuro. Cuarenta y nueve
de las gemas estaban completas, cada
una de acuerdo a los modelos aparecidos en sus visiones,
bañadas en ámbar, sumergidas en acero y
bañadas en plata. Las gemas eran extrañas
en apariencia. Un patrón basado en siete lados
por siete niveles atravesaba sus intrincadas creaciones,
las cuales emanaban una extraña iridiscencia ajena
al color del acero plateado del que estaban hechas. Pero
el aspecto más extraño de las mismas estaba
en las inscripciones. Adrian se ufanaba de su natural
habilidad con la gubia, pero en esta obra había
algo más. Ni siquiera uno de los finos e intrincados
caracteres serpenteantes que había grabado en cada
una de las facetas de todas las gemas le eran familiares
a Adrian. Sólo había guiado su herramienta
por sobre las líneas que se le aparecían
entre los pestañeos de su conciencia.
Adrian se acomodó en su sitial.
Era gracioso, ahora que reparaba en las gemas, éstas
no parecían de su propia manufactura ni nada fabricado
por manos humanas. Le pareció estúpido habiéndolas
moldeado él mismo, durante agobiantes semanas,
y sin embargo, remitían a creaciones de algo desconocido
y lejano, fuera de él mismo, cómo si sólo
hubiese seguido un plan superior. Lo mismo se podía
decir sobre la estrofa de poesía que había
asaltado su mente. No había contexto para esas
líneas, eran simplemente unas rimas ingeniosas
que su cerebro había imaginado esa mañana:
"Y los siete, a los siete rigen,
y sus existencias a ellos pertenecerán,
la vida a la vida, el Único será el origen,
jamás su trono reclamará."
Las
gemas parecían, en verdad, demasiado perfectas
para ser meros productos de torpes manos humanas. Adrian
recordó haber visto una vez algo similar en apariencia:
Estas gemas estaban ligadas a las creaciones del Orden.
Adrian no era hijo de la Forja, pero
había vivido en el Salón toda su vida. Conocía
tan bien las viejas historias de batallas entre Orden
y Caos como sus propias cicatrices y quemaduras
en las manos. La Forja, el establo y el salón circundante
eran sin duda productos del Caos. La Forja era el lugar
en el cual se desechaba el acero, un lugar para ser reciclado
y para ser convertido en algo totalmente distinto. La
Forja era un altar dedicado al nacimiento, muerte y reencarnación
del acero. Los establos y el salón podían
reformarse de la misma manera. Adrian sabía el
significado de ser producto del Caos; en constante alteración,
pero en cierto y extraño sentido, siempre igual,
siempre listo para cambiar y adaptarse, reticente de la
inercia. También sabía que ser un producto
del Orden significaba ser controlado, ser parte de un
esquema, dejarse utilizar para alguna función,
sabiendo que lo más valioso era siempre para lo
que podía servir y quién se era. El poder
del Orden era gigantesco, pero no más que el de
una espada de cristal. Inmensamente poderoso, capaz de
atravesar con su hoja transparente la armadura más
fuerte, pero, luego de la estocada, vulnerable y débil
ante cualquier cambio de las circunstancias. El Orden
era eso, fuerte pero frágil. Adrian sabía
que, para sobrevivir, un mundo necesitaba de ambos poderes;
la elasticidad del Caos y la fuerza del Orden. A sus ojos,
su creación empujaba la balanza hacia el lado del
Orden. Lo sabía, y debía hacer algo al respecto.
Se puso de pie, tomó una de las
gemas y la estudió cautelosamente, como un gato
lo haría con el hoyo de un ratón. Advirtió
que se trataba de una combinación de todos los
elementos inherentes al Orden. Las facetas, todas ellas
idénticas pero diferentes, la aleación de
Mithril, cubriéndola y convirtiéndose
en la superficie de la gema, y las inscripciones rúnicas;
en primera instancia, sólo dibujos en las facetas
de la misma, pero luego de un detallado análisis,
anatema para todos los seguidores del Caos y la Entropía.
La gema era demasiado perfecta para posibles reformas
o un cambio de su estructura del Orden al Caos o incluso
al Balance. Adrian tomó el punzón más
filoso de su cinturón de herramientas; si las gemas
no podían ser reconvertidas, al menos debían
ser destruidas antes que su abyecta influencia fuese desatada.
Una aguijoneante nota tronó los
oídos de Adrian, una nota aguda elevándose
al tiempo que la gema vibraba y se calentaba en su mano.
La nota alcanzó términos de dolor en su
agudeza y volumen, y la gema alcanzó una tremenda
temperatura. Alrededor de la Forja los caballos relincharon
de terror, las gemas comenzaron a resonar al unísono
invadiendo y dispersando sus incontenibles notas en una
distancia cada vez mayor, creciendo en su locura. Adrian
cayó al piso, perdiendo su conciencia al mismo
ritmo. Su última visión fue la de una dorada
línea brotando de cada una de las gemas,
inundando sus ojos al igual que el sonido lo hacía
con sus oídos.
Al despertar, la forja estaba oscura,
el fuego del horno extinguido hacía mucho tiempo
ya. Alzó sus manos hacia sus aún confundidas
y destrozadas orejas. Un hilo de sangre corrió
entre sus dedos. Se puso de pie, su cabeza latiendo y
buscando a tientas una antorcha de su caja de herramientas
en la mesa, encendiéndola e iluminando la negrura
desde un anaquel en la pared. Extrañas figuras
danzantes de luz y sombras se proyectaban bajo la luz
mortecina. Adrian no se sorprendió al descubrir
que las gemas habían desaparecido.
Había completado la creación de artefactos
de un mágico e incontenible poder, ahora fuera
de su control. Pero sin embargo… La debilidad mayor del
Orden era su dependencia por los patrones. Las cosas deberían
alinearse para obtener su máximo poder. Aunque
las gemas que él mismo había tallado eran
un ejemplo de esto, siete grupos de siete, conformando
cuarenta y nueve gemas, los patrones podrían ser
rotos, dañados o alterados. Si bien Adrian por
su propia cuenta no podría destruir esos patrones,
o recuperar el control sobre las gemas, podía sí
usar las habilidades que el Orden había opuesto
a él a favor del Caos.
Adrian tomó su punzón una
vez más y localizó un descartado trozo de
ámbar; la sangre de sus manos brilló refulgente
sobre su superficie. La última gema
sería su obra maestra.
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