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EL PICASESOS

Revista dedicada a la crítica de la historieta. Cuenta con ensayos, análisis y críticas de autores e historietas nacionales e interna-cionales.
  
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Por Federico Reggiani

Fierro: historietas y nacionalismo
en la transición democrática argentina


Fierro apareció en los kioskos en septiembre de 1984. Desde la tapa del primer número, las dos rotundas tetas dibujadas por Chichoni parecían anunciar que, sin dudas, el Proceso de Reorganización Nacional había terminado. Y Fierro sería la revista de la transición.

La producción cultural argentina se enfrentó, al finalizar la dictadura militar, con un problema central: cómo reconstruir una nación que, según la percepción dominante en esos años, había sufrido una discontinuidad y una ruptura de los lazos sociales y las tradiciones que la constituyen. En palabras de Eduardo Rinesi, el problema era "la re-creación de una nación tras un pasado monstruoso que desarticuló violentamente las redes de solidaridad social y la conciencia de pertenencia común a una unidad colectiva (...) ¿Qué hace una sociedad con un pasado no ya de gloria (...) ni de opresión (...) sino de una violencia y un terror que trastocan absolutamente las condiciones de continuación de ciertos nexos históricos vitales?"

Dos problemas, entonces, a la hora de reconstruir una nación: por un lado, la necesidad de encontrar valores comunes en la comunidad; por otro, la necesidad de inventar o reorganizar tradiciones que permitan restituir la relación con un pasado que se quiere percibir como interrumpido por la experiencia del horror. Valores y tradiciones, para armar ese ente que suele llamarse "identidad nacional, que se juegan como problemas de representación: cómo dar cuenta en relatos de esos valores, de esa visión de la historia, de ese pasado.


El comienzo

Como toda revista o, por lo menos, toda revista con un proyecto fuerte, Fierro espectaculariza su comienzo: debe establecer sus diferencias con el pasado y legitimar su existencia. El primer movimiento, trazado de manera explicita en los editoriales de los primeros números pero también en la selección del material publicado, consiste en presentar el panorama de la historieta en Argentina como si se hubiera producido un hiato: en el pasado cercano no hay nada. Fierro viene a llenar un vacío y a colmar una necesidad.

Una mirada atenta al editorial del primer número permite sintetizar punto por punto la posición que asume Fierro frente al pasado y el rol que se propone cumplir. En principio, ocupar el espacio de toda la producción que la dictadura ocultó o impidió: "Finalmente, hicimos una revista como queríamos", dice Juan Sasturain, el director, para que Fierro empiece. Y, en ese primer párrafo, promete un espacio para "toda una generación que está pidiendo páginas". En segundo lugar, la referencia a la continuación de una tradición interrumpida: Fierro será como la Hora Cero de Oesterheld, de Pratt, de Solano López y de Del Castillo y como Patoruzito: nombres propios para insertarse en un momento clásico que se propone (como veremos, tanto para la historieta como para la historia argentina) como una "edad de oro". En tercer lugar, la afirmación de valores compartidos; el primero, central en la construcción de una identidad en los años de la transición, la democracia: "Fierro es de los que la hacen. Y no es fácil ponerse de acuerdo. (...) Una escritura no tacha a la otra -un dibujo a otro-. Se suman, mejor." Las preocupaciones de la revista a través de, por lo menos, su primer año de existencia, son recurrentes: los editoriales sucesivos harán referencias constantes a un público preexistente que no encuentra las historietas que quiere leer, espera la revista y sorprende a los editores con el nivel de su participación.

Fierro se sitúa, por lo tanto, con la función de resolver las rupturas producidas por los años del Proceso. Esas discontinuidades son vistas en el interior del campo específico de la historieta tanto como en el conjunto del campo cultural: la revista se presenta desde un principio como dirigida a una comunidad general de lectores y no a un campo específico de lectores de historietas. La apelación a un público general -la revista se dirige a los argentinos "sobrevivientes", como reza el slogan (según el propio Sasturain, involuntariamente robado a la revista española El Vívora) permite leer en la revista las características que se asignan a esa comunidad nacional, así como los mecanismos mediante los cuales Fierro legitima esa apelación. Fierro, y es una primera hipótesis, se propone como representante de la "historieta nacional" a través del procedimiento de crear un público al que se presenta como una comunidad de lectores preexistente y a la espera de la revista. Esa comunidad de lectores es descripta en términos de comunidad nacional mediante la construcción de una tradición en que se inserta y la remisión a valores compartidos. Estos valores son característicos de la transición democrática en Argentina: la democracia (variedad de poéticas, libertad de expresión) y el repudio por los años del Proceso.


Histori(et)a: horror y democracia

La definición de esta comunidad de lectores como comunidad nacional es central para el proyecto de la revista, y se juega en dos mecanismos: la constitución de valores compartidos -lo que implica la apelación a un determinado imaginario común- y la construcción de una tradición en la que Fierro se inserta y que forma parte de una memoria colectiva compartida por esa comunidad e interrumpida por los años del Proceso. Como decía antes: valores y tradiciones.

La cuestión de los valores (otra vez: básica en la constitución de una identidad nacional después del terror) se resuelve en la apelación a dos problemas centrales en el campo cultural de la transición democrática: los problemas de representación de los horrores de la dictadura y la democracia.

Los problemas de representación son a tal punto centrales que en el editorial del número dos se hace referencia al riesgo de crear el género "Falcon Ficción": "los 'malos' no son los indios ni los mejicanos ni los japoneses de la historieta tradicional pero, por ahí, son siempre los milicos..." Las referencias al proceso son explícitas (con distintos sistemas de representación, historietas como La triple B, Sudor Sudaca, La batalla de las Malvinas), o mediadas por el uso de la historia (en especial la serie "La argentina en pedazos", adaptaciones de textos de la literatura argentina con presentaciones de Ricardo Piglia, que ofreció en el número uno "El matadero" y el uso de metáforas, en particular el subgénero de ciencia ficción "antiutópica": "Ficcionario" de Horacio Altuna es un ejemplo central en este sentido, pero todo el clima "pesado" que los propios editores encuentran en los primeros números sigue esta línea.

El problema de la democracia como valor es también una constante en la revista. Se tematiza mediante una apelación a los lectores, ante los que se plebiscitan de manera repetida los contenidos de la revista y de los que se publican con especial énfasis los disensos y las polémicas; y mediante una coexistencia de estéticas contrapuestas presentada como deliberada elección y discusión de los editores. Dos conceptos se repiten en editoriales, notas y respuestas al correo de lectores: "Fierro es de sus lectores" y "A nadie le gusta toda la revista": comunicación-participación y coexistencia de tendencias. La coexistencia de estéticas es evidente: de Juan Giménez o Altuna a José Muñoz y Max Cachimba -ganador del concurso de historietas lanzado en el primer número- la distancia es enorme. Una vez más, se trata de decisiones explícitas: en el número 20 (abril 1986), en su prólogo a la sección "Piedra Libre" -inaugurada para albergar la polémica sobre El sueñero, de Enrique Breccia- Sasturain dice: "Fierro no necesita hacer profesión de fe democrática, argentina o patriótica. La ejerce simplemente desde el principio, se expresa con naturalidad".

El segundo mecanismo de constitución de su comunidad de lectores pasa por la construcción de una continuidad histórica quebrada por el Proceso y de la que Fierro es la recuperación. Se multiplican las referencias a una "edad de oro" de la historieta argentina, entre los años cuarenta y mediados de los sesenta, caracterizada por dos marcas fundamentales: el carácter nacional de la producción, en tanto las historietas de este período, aunque utilizaban en ocasiones temáticas de los géneros de la historieta norteamericana, estaban producidas para un mercado interno (lo que no diferencia a la producción de historietas de la producción económica, o al menos lo que se deseaba que fuera la producción económica del primer peronismo); y el carácter masivo de las revistas que las publicaban, su apelación a un mercado nacional de lectores y no a un subgrupo limitado, y su consiguiente capacidad de producir efectos sociales de reconocimiento de personajes y situaciones. Se multiplican en los primeros números las referencias, en forma de notas históricas tanto como de alusiones ocasionales incluídas en las propias historietas, a las revistas clásicas del período: Patoruzito o Misterix, por ejemplo, o los autores: José Luis Salinas, Hugo Pratt, Alberto Breccia y Arturo del Del Castillo en posters de los primeros cuatro números.

Ambas estrategias de constitución de la comunidad de lectores como comunidad nacional se concentran en la figura de Héctor Germán Oesterheld, guionista fundamental de este período "clásico" y, al mismo tiempo, detenido desaparecido por la dictadura militar. Oesterheld se transforma en un emblema, una presencia constante en los primeros números de Fierro, que propone a las revistas de Oesterheld, y a su historieta El eternauta como modelo de la historieta nacional: Hora Cero aparece nombrada en el editorial del primer número, que hace repetidas referencias a quien se presenta como "maestro", incluyendo la publicación de algunos textos inéditos, el uso de sus personajes -Ernie Pike en "La batalla de Malvinas", los Manos como imagen del concurso-, la publicación de notas sobre su obra, la publicación de algunas de sus historietas: Joe Zonda en el número 7 y un tomo antológico especial como festejo por el primer año de la revista. Oesterheld es entonces a un tiempo la tradición, la democracia y el testimonio del horror: la patria.

Claro que el nacionalismo de Fierro no siempre se organiza en formas tan sofisticadas. Sin salir de los primeros números, pueden citarse dos patéticas historietas de Emilio Balcarce y Marcelo Pérez: en una ("Resistencia", No. 7), se muestra a unos argentinos aceptando unas espantosas condiciones de trabajo en unas colonias mineras del espacio, tal vez queriendo probar la natural resistencia del macho argentino, y probando apenas sus disposición para ser explotado. En otra ("Islas", No. 8), unos gloriosos "Argies" siguen luchando por recuperar Malvinas, aún al costo de haber perdido Buenos Aires. Si cito estas historietas, es porque no ocupaban un lugar marginal en la revista, sino que se ofrecían en el espacio privilegiado de las muy escasas páginas a color, y sobre todo porque muestran ciertos límites del proyecto de representación de la revista.

Tensiones modernas

La pretensión de representación de lo nacional se ve tensionada por el desarrollo de la inserción de la historieta en el mercado de los bienes culturales. La aparición de Fierro es un punto de inflexión -en tanto concentración de tendencias previas y en tanto generación de las tendencias futuras- en el proceso de emergencia de la historieta como una esfera reconocible dentro del campo intelectual, con sus instancias de consagración, mercado y público específicos.

Uno de los objetivos explícitos de la revista, en todo su recorrido pero con especial énfasis en sus inicios, es restablecer el contacto con "lo nuevo", en tanto se percibe que una de las consecuencias de las políticas culturales del "Proceso" ha sido la interrupción de ese contacto. La revista presenta a la dictadura militar como causante de una doble ruptura: con lo nacional-popular, según ya se ha notado más arriba, pero también con la modernización cultural y la producción contemporánea libre de censura. El título de la revista es una concentración de sus objetivos: Fierro a Fierro hace referencia a la tradición de la historieta argentina (es el título de una historieta gauchesca de Raul Roux aparecida en Patoruzito en la década del '40), a la tradición más reconocida de la literatura argentina (con su evidente relación con el Martín Fierro) y a la corriente principal de la historieta extranjera de fines de los años setenta, representada por las revistas Metal Hurlant en Francia y su contraparte norteamericana Heavy Metal.

La revista Fierro responde a esta necesidad de modernización en tres campos: la publicación de historietas extranjeras, la publicación de argentinos exiliados o imposibilitados de publicar su material más reciente, la publicación de un colectivo calificado como "los jovenes", representación de un movimiento "subterráneo" gestado a partir de la apertura democrática. Esta "puesta al día" con las nuevas tendencias implica básicamente la publicación de material europeo (sobre todo material de Moebius de los años '70, como un "nuevo clásico" y como uno de los principales argumentos de venta de la revista) y material argentino inédito en el país (como Ficcionario de Altuna y Sudor Sudaca de Muñoz y Sampayo como presencias emblemáticas de la revista en sus primeros números), así como la organización de un concurso y el espacio "Oxido" para historietas de autores jóvenes que, además, constituye la zona más experimental de la revista.

Es en este punto en que el proyecto de la revista -producción de la "historieta nacional" y puesta al día con los nuevos desarrollos de la historieta como lenguaje- implica una tensión. El momento en que Fierro aparece con sus apelaciones a un lector general -el tipo de lector que en su momento habían tenido Patoruzito y las revistas de Oesterheld- es el de constitución de un campo de producción y consumo de historietas diferenciado del de otras producciones culturales. La constitución de un mercado de "fans" para la historieta, y una creciente "juvenilización" de ese público alcanzará su máxima representación en la revista cuando en el número 48, el primero sin Juan Sasturain como Jefe de Redacción, Fierro se una con Caín, una revista periodística "para jóvenes" de la misma editorial. Los modelos estéticos para los productores, con especial énfasis en los surgidos del suplemento Oxido, pueden rastrearse quizás en la historieta underground norteamericana más que con la historieta europea que había constituído el modelo para Fierro y, en términos generales, para la historieta argentina en casi todo su desarrollo.

Así, para Fierro será cada vez más difícil mantener un proyecto coherente de revista, a medida que ciertas preocupaciones que le daban unidad en sus primeros años de existencia -lo dicho: los problemas generales de la discusión cultural en los primeros años de gobierno democrático- van perdiendo vigencia, mientras el consumo de historietas se va diferenciando de manera creciente de los problemas generales -estéticos, políticos- de la sociedad en que se produce.

Quedan, claro, esos primeros dos años de un proyecto que, a la distancia, se percibe como de una solidez notable. Quedan, por supuesto, 100 números de lo que, seguramente, fue el más importante e influyente intento de publicar historietas en Argentina desde los años de gloria de la editorial de Oesterheld. El estado actual de la edición y el consumo de historietas en la Argentina hace temer que esa herencia se pierda para siempre, sepultada bajo una pila de merchandising. Pero esto, dicho en una formulación cara al espíritu aventurero de Fierro, "es otra historia".

Por Federico Reggiani
Revista El Picasesos N° 2

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