Lirismo En la historia de los tebeos existe un buen número de obras, quizás no tantas como debiera, que ante todo se caracterizan por una clara voluntad estética: su actitud lírica. No nos confundamos; no se trata de historietas que se sustenten en la imitación de lo poético, aunque hay tebeos que persiguen esta vocación rítmica, ni tampoco que se valgan de un carácter estrictamente "autobiográfico". Por lírica hemos de entender, sea el medio artístico que sea, aquel conjunto de creaciones que se estructuran en torno al reflejo consciente de una actitud vital. Ni es exclusivo de un género en concreto, aunque sea el género poético el que por naturaleza ha ofrecido mayor espacio y cantidad de recursos a dicha actitud, ni trata de ofrecer un informe detallado de la vida y milagros del creador. Tan sólo es el medio adecuado por el que encauzar la expresión cierta y directa de nuestra verdad interior. Nada más simple... y más complicado. En el caso concreto de la historieta, atendiendo a estos requisitos, encontramos una diversidad manifiesta de formas y presentaciones de lo lírico que suelen oscilar por regla general entre la parodia ácida y mordaz de la personalidad (serían ejemplos manifiestos un buen número de historietas adscritas al movimiento underground entre las que habría que destacar las de Robert Crumb) y el pausado ritmo de las vivencias que conforman la rutina de nuestra existencia diaria, de nuestro crecimiento personal (un género este en el que autores como Will Eisner o Carlos Giménez se erigen como maestros). Aunque el eje es amplio y diverso, las coincidencias en cuanto a su estructura y puesta en escena son evidentes: presencia expresa del autor como personaje protagonista de la trama, representación gráfica atendiendo a los sentimientos del autor / narrador, recurrencia constante a textos de apoyo en los que reflejar estados de ánimo interior que den fe y testimonio de confidencialidad, de intimidad abierta al lector. Compromiso La extensa producción de Héctor Germán Oesterheld responde a la lenta formación de un aliento lírico. Desde sus inicios en Bull Rocket hasta su abrupta desaparición, todo en Oesterheld se subordina a la consecución de un mismo fin: labrar un espacio narrativo propio en el que desarrollar su voz, real o imaginaria. Y decimos bien espacio. Oesterheld va abriendo un hueco dentro de su propia narrativa en el que deposita un sin fin de sentimientos despiertos, que no despertados, en su conciencia individual. La suya más que a una evolución paulatina responde a una inclusión progresiva de los distintos fundamentos líricos anteriormente señalados; unos elementos presentes desde las primeras muestras de su trabajo, hasta sus realizaciones finales, fieles testamentos literarios de unos momentos de dolor y pesadumbre en los que Oesterheld halla cierto refugio y consuelo en la dura lucha sostenida, y perdida de antemano, contra una sociedad desigual e injusta. Objetivo este al que consagró, a la par, la vida y obra de sus últimos años. Testimonio En 1957 Oesterheld inicia junto a Hugo Pratt la publicación de uno de los más relevantes comics bélicos de la historieta mundial, Ernie Pike, tebeo peculiar que desde el mismo instante de su publicación alberga una intención marcadamente diferencial, la humanización expresa de personajes y ambientes épicos con respecto a aquellas que, dentro del mismo género, se mantenían en boga. En efecto, Oesterheld y Pratt rompieron con diversos moldes y patrones propios de la época: el maniqueísmo a ultranza (Oesterheld, aventajado discípulo de Conrad, parte de la máxima que ni los héroes tienen por qué ser buenos, ni los cobardes ruines y malvados); la visión desnaturalizada (con toda la carga zolesca que pueda tener dicho término siempre y cuando tengamos en cuenta que en el relato épico lo "natural" es ensalzar heroicidades no describir la destrucción que este hecho conlleva) de la guerra y sus consecuencias; y la exaltación del combate (los héroes de Oesterheld nunca se entregan ciegos a la lucha, tienen miedo de morir, de acabar sus días sin el calor de los suyos...).
El cariz renovador es manifiesto, mas Oesterheld y Pratt no propugnan el rechazo del canon épico tradicional sino su reforma. Para ello Oesterheld (más que la estética a lo Caniff de Pratt) emplea el único elemento con el que podría dotar de humanidad a los distantes arquetipos endiosados de lo que hasta entonces se entendía por héroes: su propia voz. Oesterheld dota a sus personajes (siempre dentro de sus roles y personalidades propias), de su ideario de bien social, de fe en el prójimo. También, de su miedo a sufrir injusticias, y todo ello con la intención de presentar héroes humanizados, reales, que sepan lo que es sacrificarse y, ante todo, sufrir por los demás. Una voz que se integra de pleno dentro del conjunto épico mediante el método del "camuflaje", es decir, oculta bajo la fachada de un personaje como Ernie Pike (cuyo rostro era el de un joven Oesterheld, no lo olvidemos, aunque estuviera inspirado en la, también, figura real de Ernest Pyle uno de los más reputados corresponsales de guerra norteamericanos), a un cronista de los testimonios de aquellos otros que jamás tendrían oportunidad de ser escuchados. Testigo Poco tiempo después, Oesterheld emprende, en compañía de Solano López, una de las aventuras que (junto al Mort Cinder y Watami), han ayudado a determinar su estilo propio. Hablamos de El Eternauta y más en concreto de su primera parte publicada en Hora Cero desde su núm. 1 (1957). Es aquí dónde encontraremos las primeras muestras de un Oesterheld maduro, dueño y señor de los gajes de un oficio ahora más reconfortante gracias a una recién estrenada independencia editorial que inaugura un periodo de esplendor en sus letras y en la historieta argentina: Alberto Breccia con Sherlock Time, Randall con Arturo del Castillo, Rolo con Solano López, Ticonderoga con Pratt... Todo en la editorial de su fundación, la clásica editorial Frontera. Es un Oesterheld afable el de esta etapa, entregado en cuerpo y alma. O al menos esa es la sensación que produce la relectura de las primeras páginas de El Eternauta. Un Oesterheld en paz consigo mismo (imposible que pudiera intuir el dolor que luego se avecinaría), que trabajaba tranquilamente en su estudio bien entrada la noche hasta que... Bueno, el resto como suele decirse es historia, o más bien, la historia. A nosotros, como ha venido siendo la tónica habitual hasta la fecha, lo que más nos interesa es ¿por qué Oesterheld se presenta como un personaje más de su historia? No debemos pensar todavía en un proceso lírico pleno. Este no ha hecho más que empezar a desarrollarse aunque su lactante aparición dota ya al Eternauta de un carácter personal que le hace destacar claramente del resto de su producción para la editorial Frontera.
Si en Ernie Pike encontrábamos la primeriza manifestación de estos elementos en pos de una reforma de los esquemas épicos, en El Eternauta hallamos una personalización inicial del mismo. Tomando como excusa narrativa la persecución de un verismo identificador que acercase el tebeo a sus lectores, lo cual constituye un guiño claro a la versión radiofónica que de La Guerra de los Mundos realizó en su día Orson Wells, Oesterheld se ofrece a sí mismo como enlace presto entre el mundo de la realidad y el ficticio (Solano, curiosamente, no procede así, estiran el concepto, hasta mediados de los noventa con la inconclusa La Vencida, escrita por Sasturain). Y al hacerlo nos abre también, de un modo totalmente inconsciente sus sentimientos y pensamientos más profundos: la soledad del Robinson («El Eternauta, inicialmente fue mi versión del Robinson. La soledad del hombre, rodeado, preso, no ya por el mar sino por la muerte», Introducción a El Eternauta, Record, Buenos Aires, 1994), el miedo o más bien la inquietud ante las sorpresas que a veces puede deparar la vida con la impotencia consiguiente (como reza el abierto final: «¿qué hacer?, ¿qué hacer para evitar tanto horror?»; aunque la nueva pregunta: «¿se posible evitarlo publicando todo lo que El Eternauta me contó?», resulte demasiado artificiosa).
Si Ernie Pike implica ponerle voz a los vencidos por parte de un narrador que relata siempre la melopeya de aquello que le han contado, El Eternauta la concede de pleno derecho. Es ahora el Oesterheld de ficción quién se embelesa con las palabras de quien estuvo allí y que siente, pegado al sillón, tan cercanas como brotadas de un mismo espíritu: «así como hay entre los hombres, por sobre los sentimientos de familia o de patria, un sentimiento de solidaridad hacia todos los demás seres humanos, descubres que también existe entre todos los seres inteligentes del universo, por más diferentes que sean, sentimientos de solidaridad, un apego a todo lo que sea espíritu, que une a los marcianos con los terrestres» (págs. 346 a 347, diálogo entre Juan Salvo y un Mano en el continum 4). Este es el ideario del Oesterheld de la época, el de «un liberal, con ideas socialistas, de izquierda –como también podía serlo yo, sin estar afiliados a ningún partido-, donde más o menos todo intelectual se sitúa con una visión popular y de justicia social, y de comprensión de los fenómenos históricos que obedecen a las presiones de los países más ricos...Lo que hoy podría llamarse un progresista» ("En primera persona: Solano López", en El Eternauta, Ancares editora, Buenos Aires, 2001), que confiaba ciegamente en el ser humano y en su unión por encima de políticas Norte- Sur, de estados del capital o de lo social. No son, en consecuencia, las palabras sentidas de un personaje, el supuesto malvado que al final resulta que no es más que otro peón movido en contra de su voluntad, sino las de un autor que pone en boca de otros un pensamiento vivo que varia radicalmente con el paso de los años... Revolución El 29 de mayo de 1969, 12 años más tarde, Oesterheld y Breccia presentan en la revista Gente la nueva versión de su Eternauta. La reforma es ostensible y ocupa todos sus ámbitos, hasta el gráfico, en el que la labor artística de Breccia alcanza otra dimensión con la experimentación paulatina de nuevos formatos como el collage, como el literario. El pensamiento de Oesterheld ha variado sustancialmente y esto se trasluce en su prosa de un modo mucho más que evidente. Si antes la invasión respondía a un ataque masivo contra toda la humanidad y sus miserias, con el hermanamiento consiguiente, ahora Oesterheld muestra abiertamente sus dudas al respecto: «traición inconcebible grandes potencias. Sudamérica entregada al invasor para salvarse. Lucharemos igual por más solos que estemos» (pág. 88, El Eternauta y otros cuentos, Nueva Frontera: Biblioteca Tótem, núm. 4, Madrid, 1979). Los "sentimientos de solidaridad" interestelares se han convertido en pura guerra fría, algo que no ha sido fruto de la casualidad.
Debemos volver la vista atrás, a 1959, para hallar la raíz de todo este proceso. Con el triunfo de la revolución cubana, quizás el hecho más significativo de la Latinoamérica del siglo pasado, Oesterheld encuentra la conversión real de sus ideales marxistas. La revolución era posible, sólo era necesario creer fervientemente en ella, con pasión, con deseo, con necesidad ferviente...pero claro, desde un planteamiento teórico, pues un padre de familia numerosa tiene más complicado liarse la manta a la cabeza. Y más cuando tiene que hacer frente a una delicada situación financiera. Frontera va de mal en peor, la crisis en el sector era aguda tras la época dorada, hundiéndose irremediablemente por momentos. Finalmente, y tras un sin fin de vanos intentos por devolverla a flote, la quiebra se hace inminente en 1960 y Oesterheld debe volver a su condición de guionista a sueldo mal pagado, aunque tampoco es que ganara mucho más como dueño de su propia empresa, renunciando así al sueño de toda una vida. Es decir, junto a la ilusión que como intelectual de izquierda podía concebir, Oesterheld debe de hacer frente a la más cruda realidad. Sentimientos fluctuantes, recogidos y encontrados en un periodo que sin duda podemos considerar como el de mayor calidad de su producción. Mort Cinder, Watami..., ejemplares baladas épicas donde la fuerza y personalidad de sus protagonistas ocultan toda presencia del autor que les insufló vida, pero no estaría de más recalcar como en ellas comienza a gestarse (en estas esencias del antihéroe, del inadaptado a los cánones sociales vigentes, siempre los del más fuerte), el Oesterheld combatiente.
Sin embargo es otro hecho histórico el detonante definitivo. Durante el verano de 1967 un Oesterheld de nuevo relativamente bien asentado en la industria, pues no paraban de lloverle encargos de las mismas historietas estandarizadas de siempre pero que él tan bien se encargaba de revitalizar, asiste conmovido al igual que millones de latinoamericanos a la búsqueda, captura y posterior ejecución de una de las figuras que mayor respeto y admiración despertó en nuestro autor: el Ché Guevara a quien un año después homenajearía en la Vida del Ché realizada en colaboración de Alberto y Enrique Breccia. Siendo esta una muestra de cómic histórico, de narrador omnisciente que sólo describe la situación, a veces Oesterheld nos deja intuir pistas sobre su situación personal que a tenor de las mismas debía ser por lo menos dubitativa. A veces la desilusión ante los propios ideales: «Rusia esconde imperio en su comunismo internacional. También Mao hace su juego y siguen el ajedrez y el dividendo y entretanto el piojo y el hambre.» (Vida del Ché, Ikusager Ediciones: Imágnes de la Historia, núm. 70, Vitoria-Gasteiz, 1987, pág. 68); otras, las equivocaciones no reveladas hasta ahora: «El ché va comprendiendo, equivocaron quienes redujeron todo a lo economico»; el caso es que a veces las respuestas hay que sacarlas directamente del alma: «La revolución sólo dentro del hombre, fuera el hombre lobo, el devorador del prójimo. Es tiempo ya del hombre nuevo, el que trabaja y se juega por el incentivo moral. Sí, la revolución empieza dentro de cada uno (...) el revolucionario verdadero esta guiado por grandes sentimientos de amor... todos los días hay que luchar porque ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos concretos, en acciones que sirvan de ejemplo, de movilización...el revolucionario se consume en esa actividad ininterrumpida que no tiene más fin que la muerte.» (op. cit.). Oesterheld parece anunciar en estas líneas su conversión plena al activismo revolucionario, siente el deseo acuciante de cambiar el mundo, su mundo, el de una América hundida, que poco a poco se va resquebrajando. Y no pudo empezar con mejor pie, no pudo remover más conciencias como Breccia les contó a Antonio Martín, Carlos Giménez y Luis García conversando en las Ramblas: «Vida del Ché provocó una oleada de opinión, sobre todo en el gobierno de Onganía, incluso se publicó una editorial en el diario la Nación vapuleándome a muerte. Eso provocó que la embajada de los EEUU lo comprara y a partir de eso la embajada da parte al SINE –servicio de información del estado- que fue a mi casa y me hizo una ficha» ("Un autor de hoy: Alberto Breccia", Bang!, núm. 10, Barcelona, 1973). Ironías de la vida, la embajada acabó pidiendo una biografía de Kennedy y el SINE otra del ejército argentino.
Ya puestos en antecedentes, quizás cueste menos entender el giro politizante con el que dotó, a los pocos meses, en febrero del 69, a El Eternauta. El proyecto fue un encargo de Carlos Fontanarrosa, el editor de Atlántida, la que en esos momentos publicaba una de las revistas de mayor tirada en el mercado Gente. Como no le convencían los dibujos de Solano López, encargó a Breccia una nueva versión supervisada por Oesterheld. Y claro, ésta era una oportunidad servida en bandeja de plata teniendo en cuenta el éxito y el vigor que la obra arrastraba consigo, incluso en el 62 Oesterheld redactó una serie de pequeñas novelitas pulps en las que continuaba las aventuras de Juan Salvo, pues era una situación propicia para su objetivo más inmediato. Es en estos momentos cuando Oesterheld comience a sentir la necesidad de difundir un mensaje, de levantar el velo oculto que nos rodea. Y este era su verdadero compromiso, la obligación para con su público.
Sin embargo todo quedo en agua de borrajas. La respuesta del público lector fue la de un rechazo absoluto. Puede parecer increíble pero en el plazo de una década la temática de El Eternauta había pasado de "moda"; y si a eso le sumamos la poca aceptación que tuvieron los experimentos gráficos de Breccia, obtenemos como resultado el corte de la historia tras apenas dos meses (pero no quedo inconclusa. Ambos adaptaron hasta el final aunque en las últimas páginas tuvieran que hacer verdaderos encajes de bolillos). No es extraño que este fracaso supusiera un revés más duro de aceptar que cualquier otro de los recibidos hasta ese momento. Su ingenuidad intelectual, querer incidir de forma expresa en el gran público, le había jugado una mala pasada. Y ya no podía esperar más cruzado de brazos a que alguna genialidad asomara por su cabeza, lo cual, de habérsele pasado, tampoco le garantizaba llegar a colectivo social. La historia podía ser buena y estar bien hecha que si el editor se cruzaba de brazos no había nada que hacer. El sentimiento de impotencia de Oesterheld se acrecentó aún más cuando la vuelta de Juan Domingo Perón al país empeoró una situación nacional de por sí problemática. Este cúmulo de circunstancias da como resultado su militancia activa desde 1970 en el grupo Montoneros. Se ignora si este decisivo paso tomado por Oesterheld fue previo a la militancia de sus cuatro hijas (Estela, Diana, Beatriz y Marina ) y yernos, o si fue a la par o posterior. Poco importa, todo esto ya es materia de la leyenda creada en torno a su figura y que se ha visto acrecentada con el paso de los años. El abandono del hogar, la clandestinidad, los continuos trasiegos... fue la tónica dominante de sus días, llevada con el mayor de los secretos. Su esposa desconocía por completo su militancia (ignoro si también la de las hijas, y el ambiente editorial más todavía. Aparentemente nada parecía haber cambiado pero en realidad todo había dado un giro de ciento ochenta grados y la única pista de este periodo que puede darnos a conocer el sentir de Oesterheld está en su obra.
La primera huella la hallamos en La guerra de los Antartes, su vuelta de tuerca de la concepción política planteada tiempo atrás en su revisión de El Eternauta. Las coincidencias son evidentes. Unas por casualidad: Sufrió también dos versiones, la primera publicada en 1970 en el seno de la revista 2001, es decir, en un ámbito comercial, y dibujada por León Napo; la segunda, de mayor compromiso político al igual que la versión de El Eternauta, cuatro años después en el diario Noticias, periódico de afiliación Montonera, junto a Gustavo Trigo. Otras de modo consciente: la invasión extraterrestre, planteada ahora no como una imposición por la fuerza si no como un sometimiento imperialista a imagen y semejanza de los vividos por los seres humanos desde siempre; la traición a Sudamérica de las grandes potencias mundiales, tanto de EEUU como de la URRS caras de una misma moneda; la resistencia solitaria del ciudadano de a pie que, desorientando, sólo se sostiene gracias a familia y amigos, debe hacer frente al invasor levantándose en armas. Pero no son hechos políticos aislados. Todos quedan enmarcados dentro del trasfondo épico habitual, empezando por un verdadero Olimpo, una próspera Argentina del futuro convertida en una república popular igualitaria y justa tras "las movilizaciones del 17". Como bien señala Pablo de Santis en el prólogo a la edición de la editorial Colihue (Colección narrativa dibujada, serie del aventurador núm. 4, Buenos Aires, 1998): «se suma así a la tradición de utopías que inicia Sarmiento en 1850 con Argirópolis y, ya en el terreno de la ficción, continúan Julio Otto Ditrich en 1908 con su libro Buenos Aires en 1950 bajo el régimen socialista y Pierre Quirole en 1914, con la ciudad anarquista americana». A este paraíso caído hemos de añadirle, el héroe colectivo tan propio de Oesterheld, en la historia donde quizás adquiere mayor peso y protagonismo. En la historieta el fervor político determina la aparición y desarrollo de sus elementos en gran medida. La máxima épica por excelencia, el libre albedrío de los personajes, quedan desvirtuados por la rigidez conceptual de las ideas de las que se nutre. La metáfora de la realidad argentina acaba por barrer de la escena todo aquello que debería darle cuerpo y forma. Los personaje son planos, las situaciones tópicas, pero no importa. Oesterheld, o Francisco G. Vázquez, como así firmaba en Noticias para mantener oculta su identidad secreta, no buscaba originalidad sino difusión, no en vano formaba parte del comité de prensa de Montoneros, dándole a sus ideas políticas forma de tebeo con todos los recursos aprendidos en algo más de veinte años. Aún así ya comienza a traslucirse un lirismo pleno. Hay un personaje que inmediatamente nos recuerda a Oesterheld, Mateo, llamado por sus amigos el viejo (el mote con el que era conocido en el mundo editorial Oesterheld), padre también de familia numerosa (padre también de cuatro hijos tan implicados como él en la lucha política, en especial su hija Susi, quien tras una refriega contra los antartes desaparece), y sobre todo, un hombre tranquilo y sosegado que de repente ve venirse su mundo abajo y se ve obligado a encontrar en la resistencia armada la única salida posible, «y había gritos, había consignas. Habrá rabia, ansias de pelea, esperanzas...tan diferente ahora... un enemigo más ajeno aún que los "marines"... ¡más qué nunca se una lucha por la supervivencia!» (La guerra de los Antartes, op. cit., pág. 71). De todas formas no pasa de ser otro álter ego de un Oesterheld que pronto ha acto de presencia. Resurrección y muerte
El
3 de agosto de 1975 la policía clausura
la redacción de Noticias quedando
inconclusa La guerra de los Antartes. Curiosamente
como en su versión anterior, y desmantelando
así el aparato de propaganda de Montoneros.
La trágica situación de la Argentina
esta en su punto álgido: el peso en bancarrota,
inexistencia de diálogo social, paulatino
acercamiento al poder de los militares aprovechándose
tanto del pánico social levantado por
los continuos ataques guerrilleros y como de
la manifiesta incapacidad de gobierno demostrada
por María Estela de Perón... Así que
no es de extrañar que el aparato militar,
aprovechándose del cada vez más
evidente vacío de poder existente en
estos últimos días del Peronismo,
tuviera impunidad para recrudecer sus medidas
disuasorias. Es desde este momento cuando comienzan
a ser arrestados los primeros militantes políticos,
y claro, Oesterheld, integrante de la estructura
de prensa de Montoneros, tenía razones
para temer su detención.
Comienza una etapa de huidas y venidas yendo de un sitio para otro, de escondites y camuflajes en los que, más que ocultarse, refugiarse... Una etapa, en la que este vivir trasegado no hace más que acrecentar su leyenda: Gustavo Trigo: «Eran tiempos difíciles, durísimos, impuros, y todos caminábamos con una culpa intangible por aquella Buenos Aires. Después todo se aceleró, clausuraron el diario, me tomé un tren a Rosario creyendo que era un confín... A Oesterheld lo perdí de vista hasta que me llamó y nos citamos. No lo reconocí: se había dejado crecer un bigote, que no le cuadraba...(...) Una clandestinidad injusta, porque se lo veía hogareño en aquella casa de Becar junto al perro que tenía, tan despeinado como el jardín. Algunas veces, distraído, me parece verlo: me extiende la mano en un apretón desmesurado, planeamos un final para la historia y me invita a un paseo por esta ciudad tan cambiada» (del prefacio a la Guerra de los Antartes, op. cit.) Horacio Altuna: «Creo que fue en el 77, no sé. Lo vi como caracterizado, con sombrero y bigote, ocultando su identidad. Yo estaba con Carlos Trillo en un bar y lo vi pasar por la acera de enfrente. "¿Ese es Oesteheld?". Nosotros pensábamos que estaba preso, pero lo largaron, y después desapareció. Ésa fue la última vez que lo vi, fugazmente.» (entrevista en U núm. 22, Asociación Cultural U, Madrid, 2001). Solano López: «Al principio tiré la bronca, porque encima a él no se lo veía por ningún lado. Estaba medio escondido, a veces iba y laburaba en la editorial y a veces decían que iba pero no iba nada (...) en esa época no tenía un contacto directo con él. Porque para él era un peligro andar exhibiéndose mucho. Ya en la editorial, el propio Scutti una vez me dijo "no... Oesterheld anda medio en un lío.» (En primera persona: Solano López, op. cit.). Podemos imaginar como se sentiría Oesterheld. Solo, sin poder recurrir a nadie por miedo a implicarle; cansado de tener que ocultar sus huellas; con miedo hasta de su sombra... Apenas alguna llamada aislada muy de cuando en cuando a cualquiera de las editoriales para las que trabajaba, ingeniándoselas a la hora de cobrar, de cumplir los plazos de entrega, de hacer participe al dibujante de su trabajo. Y así día tras día, con la mosca detrás de la oreja... En verdad que muy sólidos debieron ser sus principios para poder sujetarse tan firmemente como lo hizo, sin caer ante la duda o el desánimo. A la fuerza tenían que serlo porque eran lo único que le quedaba; así que o se convertían en parte sustancial de su vida, como un brazo o una pierna más que le ayudara a seguir caminando, o se trasformaban en un yugo imposible de quitar. El esfuerzo de intentarlo, bien merecía la pena, o así nos lo daba a entender en la principal obra de este periodo, aquella donde volcó toda su alma: la segunda parte de El Eternauta, también junto a Solano López. Aquí se condensan de un modo especial todo el pensamiento y los sentimientos del último Oesterheld, de ese Oesterheld sincero y sin nada que perder que se retrata a sí mismo, oculto, escribiendo a ráfagas, sin poder evitar dar rienda suelta a todo el dolor contenido en su interior. Este y no otro es el mejor testimonio que nos podría legar: un poco su diario de batalla, un poco el cuaderno de bitácora en el que recoger sus impresiones, un poco el legado, la enseñanza final. Y fruto tal vez del proceso evolutivo que hasta este mismo instante hemos venido narrando, o tal vez sólo por simple inconsciencia, el caso es que la voz de Oesterheld toma cuerpo y forma en una nueva epopeya de la condición humana ahora vista a la luz del interior, de una lírica pulcra que revisa unos contenidos épicos demasiado marcados por unos ideales políticos. Como si Oesterheld hubiera sentido la necesidad de mitigar la rígida disciplina conceptual mediante un profundo aliento interior, su voz, que sirviera como reducto personal alejado de los dogmas. Su propia experiencia se convierte así en materia literaria convirtiéndose de este modo en fuente de inspiración y referencia. Vida y obra hermanadas. Las metáforas a este respecto son claras, y el juego de correspondencias, fácil de ver. El trasfondo: la lucha diaria (Oesterheld como en la realidad se ve forzado a escoger un camino nunca antes pensado, el de la armas. Una situación límite a la que se ve forzado tanto por un ideal de justicia social, el de no permitir el abuso del fuerte, como por una necesidad de supervivencia, de mantener su pensamiento); la clandestinidad (el método de lucha forzoso es el guerrillero); el abandono (atrás queda el pasado y su felicidad por un presente oscuro y sinuoso al que debe enfrentarse); y, sobre todo, un sentimiento de soledad (Oesterheld se pinta a si mismo como un huraño) que a veces parece que se mitiga (la camaradería, el compañerismo, la sencillez de disfrutar de los escasos descansos... Todo ayuda un poco a recuperar fuerzas). El telón: la presencia expresa (Oesterheld se convierte en un personaje de pleno derecho en la saga. Su rol varía del narrador cervantino a una especie de Sancho Panza que acompaña a Juan Salvo, El Eternauta, halla dónde fuere); los textos interiores (el uso de la primera persona es la base fundamental sobre la que se sustenta la obra. Aparte no son unos textos meramente descriptivos. Oesterheld busca siempre plasmar todas y cada una de las sensaciones que ha vivido, y que ya hemos señalado, y que pueden ser compartidas por su contrapartida de ficción); la confidencialidad (los sentimientos puestos en juego por nuestro autor son de una sinceridad encomiable. Plantea sus miedos, sus defectos y sus dudas, y a la vez su sencillez, su vitalidad y su compromiso); la identificación (al tratarse de una obra épica, para alcanzar las máximas cotas de lirismo, el autor debe dejar claro no su desdoblamiento sino su presencia. Así ciertos guiños ayudan a lograr esta personificación. El que Oesterheld reciba por parte de la tribu de las cuevas el mismo mote con que era conocido en su círculo de amistades: el viejo; las referencias reales a su hogar mientras recorre con Juan Salvo el Buenos Aires postnuclear...).
Pero no todo acaba aquí. Necesitamos el eje sobre el que oscila este juego constante de metáforas. El elemento de unión expreso entre el contenido ideológico y el sentimental, que a su vez propugne la conjugación paralela de elementos estéticos épicos con líricos. Este no podía ser otro que la concepción realista del sacrificio desinteresado. A lo largo de la obra una y otra vez los personajes deben renunciar a todo por el bien común («El Eternauta eligió a los maduros porque somos los que ya vivimos, los que tenemos menos que perder. ¿Un comando suicida?», El Eternauta segunda parte, Record, Buenos Aires, 1976, pág. 142), lo cual propicia constantes situaciones de heroísmo mártir (como por ejemplo la muerte de Bigua ante el Ello). El dolor que supone la perdida de los compañeros arrastra consigo un sin fin de sombras («por eso nunca quise querer a nadie. Se sufre demasiado», pág. 124) que pocas veces las palabras pueden expresar (el ejemplo más evidente es la secuenciación en estricto silencio que confirma la perdida de todos los seres queridos de nuestros protagonistas, pág. 196). Y no es extraño este planteamiento, quizás sea el más cierto de los planteados. Solo en la habitación donde escribió esta historia, Oesterheld se pondría en el lugar de si mismo. En lugar de un yo futuro que se viera en la peor de las situaciones, que tuviera que hacer frente a la desgracia. Lógico. Recordemos que en marzo de 1976, aún en gestación la obra, la Junta Militar encabezada por el general Videla toma definitivamente el poder en Argentina con la excusa de, según Videla, «estar agotadas todas las instancias del mecanismo constitucional». Se inicia "por Dios, por la Patria, por la Constitución" lo que se vino a denominar el "Proceso de Reorganización". Y esto supondrá la persecución, detención y desaparición de todo activista político contrario a la dictadura. Ahora piensa en un Oesterheld con la certeza de saber que tenía los días contados. Es en este instante cuando necesitaba asirse desesperadamente a sus ideas, tener la conciencia de que había hecho lo correcto, o mejor dicho, de que había hecho todo cuanto estaba en su mano. A nadie le agrada morir, eso esta claro, pero «era necesario que desaparecieran (...) pero su sacrificio no será en vano... ¡gracias a ellos todavía podemos luchar contra el fuerte!. ¿Qué importan unas cuantas vidas?» (pág. 165)... Primero fue su hija Beatriz en junio del 76. Quince días después de su desaparición, fue entregada por la policía. Inmediatamente, el resto de miembros de la familia se ocultaron. Un mes más tarde, en Tucumán, desapareció su hija Diana junto a su marido Raúl. Para más inri estaba embarazada de seis meses. En un acto de condescendencia, el niño no fue asesinado sino entregado a los abuelos paternos. «El 3 de junio de 1977, un año después de haber desaparecido la primera hija, un miembro de los "grupos de tarea", de mala fama, vino para buscar al padre Héctor Oesterheld. Hay numerosos testigos que hoy en día declaran que lo vieron en el campo de concentración conocido como "Vesubio" y más tarde en el denominado "Sheraton". Allí lo retenían junto con un grupo de intelectuales que eran demasiado famosos para simplemente matarlos. La señora Oesterheld no sabía nada del paradero de su marido hasta que un año más tarde le llamó un vigilante del "Sheraton". Durante este tiempo Héctor Oesterheld seguía vivo. amnesty international y colegas de Francia y Belga, famosos dibujantes de comic como él, desarrollaron una campaña intensa en favor de Héctor Oesterheld pero no pudieron salvarle» (Informe de la Coalición contra la Impunidad en Argentina). En Diciembre de ese mismo año otro grupo de tarea ingresó en la casa de su hija mayor Estela. La asesinaron junto a su marido, a quemarropa, delante de su hijo de tres años. El niño tres fue entregado a un orfanato días después. «Amigos avisaron a la madre. A través de otros amigos llego al mismo tiempo el mensaje, de que la última hija, Marina, la más joven, ya había "desaparecido" a principios de diciembre, y que estaba embarazada en el octavo mes. Últimamente Elsa no tenía contacto con ella por que Marina se ocultaba. Elsa ni siquiera sabía si su hija estaba casada o no. »Al recibir el mensaje casi estaba aliviada, aliviada de que todo había pasado. La perenne espera a un mensaje de horror. Ahora no queda ninguna", dijo Elsa. »Al venir algunos días más tarde, un "grupo de tareas" a buscar a Elsa para "un breve interrogatorio", ella ya no tenía miedo a nada. Dijo a los agresores que podrían matarla inmediatamente, que a ella le daba igual pero que no iría a ningún sitio. ¿Qué más dijo esta mujer que había pasado todo? Los soldados salieron de la casa con las cabezas bajas» (Informe... op. cit.) Hoy en día, Oesterheld continúa desaparecido. Según algunos informes, ninguno concluyente, muerto ya. Sólo sobrevivieron su esposa Elsa Sánchez de Oesterheld y sus dos nietos, Fernando y Martín Mórtola Oesterheld. Aún hoy los asesinos de su familia siguen sin haber pagado sus crímenes. En casos así sobran las palabras pero más aún los silencios. Descansen en paz. |