|
Según
el director, “se trata de la historia de un hombre
y una mujer que empecinadamente buscan concretar un
vínculo real y en ese intento no ahorran los más disímiles
caminos. El texto los nombra como “amantes”, pero
lejos de limitarse a una historia de pareja, es también
una metáfora de la historia argentina y de la inquietante
e inabordable relación hombre-mujer”.
“El discurso es lo único real que une a estos dos
personajes y les da identidad, poniendo de manifiesto
que la única “relación sexual” posible es la que proviene
del lenguaje. Sólo existe la representación de la
representación, por eso ellos aún dentro de la ficción,
por momentos duplican la apuesta y se ficcionalizan
a sí mismos, ahondando en la búsqueda de la creación”
“En estos momentos en que toda mirada parece volverse
hacia afuera como dando a entender que estamos regidos
por el destino que otros nos significan, me parece
necesario volver a mirarnos para adentro, y para eso
nada mejor que vernos en situaciones íntimas, en donde
lo más "boludo" nuestro aparece sin tapujos y sin
velos.
“Esta puesta apunta a que el espectador cumpla una
fantasía de voyeur de la intimidad de dos amantes,
que develan entre juegos y fantasías "todo" lo que
pueden develar... Volver a la interioridad de lo sexual
para definirnos, me parece imprescindible como modo
de transcurrir...”, concluye el director.
Decía Dalmiro Sáenz en el prólogo del texto, en 1988.
En esta pieza el poder es representado por los hombres.
Las mujeres, las boludas sometidas, representan a
las clases explotadas. Las mujeres vencerán, pero
no significa en absoluto que la lucha que presenciaremos
es una lucha de buenos contra malos. Las armas que
utilizan los sometidos son muy parecidas a las armas
que utilizan los sometedores. La lucha de clases es
demasiado dura como para pretender luchar con limpieza.
Al fin y al cabo esa palabra limpieza no es más que
uno de los tantos elementos con que el despotismo
ilustrado de la derecha pretende demorar el avance
de la historia.
|